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Creemos que tenemos derecho a juzgar y a opinar sobre como las demás personas deberían llevar su vida, deberían vestir, actuar, sentir, pensar…

Y como consecuencia, también creemos que los demás tienen ese derecho sobre nosotros. Lo permitimos hasta tal punto que la mayoría de las veces cambiamos ciertos gustos y actitudes para agradar a las otras personas; sobre todo si esas personas pertenecen a nuestro círculo más cercano. Cuanto más cercano es ese círculo, mayor poder les otorgamos.

Generalmente los otros nos juzgan con igual dureza que se juzgan a sí mismos. En muchas ocasiones despiadadamente Son tan inflexibles con nosotros como lo son con ellos mismos. Sin darse cuenta de que somos el espejo donde se miran, y viceversa. Vemos actitudes, formas de proceder y pensar que no nos gustan en los demás. Simplemente todas esas características son las que nosotros tenemos en nuestro interior y que no nos atrevemos a ver ni a reconocer. Esas otras personas son el reflejo de nuestro propio interior. Lo que llamamos sombra.

Si te sorprendes criticando o juzgando a los demás, párate a pensar un momento. Analiza qué es aquello que tanto te molesta. Luego puedes mirar en tu interior a ver si hay algo de eso dentro de ti. Si la respuesta es SI, no te de vergüenza, acéptalo, no pasa nada. Y si no te gusta, ¡cámbialo! En ti esta el poder hacerlo. Este pequeño ejercicio te hará “darte cuenta”. Será el primer paso a tu auto-conocimiento y también te hará ser más flexible contigo mismo y con los demás. De paso dejarás de gastar toda esa energía que utilizas en criticar y juzgar a los demás y la invertirás en tu propio crecimiento interior.

Una técnica que puede irte muy bien es el Ho’Oponopono. Es sencillo de practicar, y con el podrás aceptar y cambiar todo lo que te ha llevado a esas actitudes.

Siempre me han gustado las fábulas, para mí son metáforas que llevan un aprendizaje incluido. Explico la que te dejo a continuación en muchas ocasiones como ilustración de esta reflexión:

Fábula del padre, el hijo y el burro

Hace muchos años, un padre y su hijo iban al pueblo vecino para comprar en el mercado. Para cargar los productos que comprarían llevaban su burro.

Padre e hijo iban caminando y charlando animadamente, mientras el burro les seguía.

Mientras caminaban se cruzaron con unos campesinos, y al pasar escucharon el siguiente comentario:

  • Fíjate que tontos, van caminando cuando podían ir en el burro que va detrás sin carga alguna.

Al escuchar el comentario, decidieron que el padre subiría en el burro. Fue dicho y hecho. Y mientras seguían caminando se cruzaron con otros campesinos, y al pasar oyeron como murmuraban entre sí:

  • Mira este hombre, ¡Que poca vergüenza! Va sobre el burro y su pobre hijo caminando.

Escuchando ese comentario el padre decidió bajar del burro y subió el hijo. Al poco rato se cruzaron con un grupo de hombres. Estos comentaron entre sí:

  • ¡Qué falta de respeto! Mira ese niño que va sobre el burro y su anciano padre caminando.

El padre, al oír el comentario pensó que lo mejor sería que se montaran los dos en el burro. Convencido de que así se acabarían los comentarios. Pero poco rato después se encontraron con unas mujeres. Que susurraron a su paso:

  • Pobre animal. Fíjate que tiene que ir cargando con padre e hijo, cuando uno de los dos podría ir caminando.